Una noche cualquiera

 

La idea de volver caminando tomaba forma en mi mente, esperaba poco más de 40 minutos y el ómnibus que unía las 2 ciudades, en la que trabajaba y en la que vivía aún no pasaba por el lugar señalado. La distancia de 10 kilómetros no parecía algo imposible pero luego de trabajar toda la jornada mis piernas querían descansar cómodamente en el fondo del coche y terminar el suplicio de la helada nocturna en la carretera.

Si este fuera un relato de otra época probablemente estaría sumido en la aventura, lamentablemente, en el siglo XXI perdemos esa oportunidad gracias a la existencia de los teléfonos celulares. Antes de emprender el viaje a pie, llamar a mi casa era la opción más razonable, me vendrían a buscar y en menos de 30 minutos estaría disfrutando de la ducha caliente.

Comencé a avanzar por la avenida con dirección a la ruta, tomé el celular y llamé a casa, una vez, dos veces, “X” veces.

Increíblemente el celular sonaba pero nadie respondía del otro lado, sentí que era victima de la ansiedad, pensé que en unos minutos me iban a llamar, que seguramente mi compañera estaba en la ducha, en unos instantes saldría y me llamaría para preguntarme si había pasado algo.

– ¡Hola! Te comunicaste con….

-¡Con la puta que te parió me voy a comunicar!

La ruta se hacía cercana y la oscuridad reinaba, la batería de mi teléfono estaba en 37%, sabía que era suficiente para lograr contactarme y solucionar la problemática pero con cada paso que daba sentía que no valía la pena y que lo mejor era seguir a pie, caminar, caminar, caminar.

Al cabo de 15 minutos ya no sentía frío en ninguna parte de mi cuerpo, por el contrario, la ropa comenzaba a molestar y el sudor intentaba templarme. Pasó un auto y disminuyó su velocidad cuando notó mi presencia, poco después volvió a acelerar y seguí caminando.

En cierto punto noté que estaba más cerca de lo que pensaba, ya no quería mirar la hora, ya no quería llamar, la batería del celular estaba por agotarse ya que hacía mucho tiempo que venía utilizando la linterna del mismo. Una vez más un auto pasó cerca, esta vez detuvo su marcha metros después de pasarme, me detuve y giré, supuse que podía ser algún conocido o alguien que necesitara mi ayuda. Una pareja bajó del coche y comenzó a caminar hacía el lugar donde yo estaba, la oscuridad de la noche no permitía ver sus rostros pero las siluetas de sus cuerpos dejaban ver que era una pareja joven, muy joven. Entraron por un camino vecinal como si jamás hubiesen notado mi presencia, giré para seguir avanzando rumbo a casa y simplemente volví a caminar.

Al cabo de una hora más llegué al pueblo pero mi casa aún estaba a 2 kilómetros. Caminé un poco más y encontré que en el tramo final de mi recorrido no había luz. Las casas totalmente oscuras y los perros nerviosos ladraban con cada uno de mis movimientos. El frío que había desaparecido mucho tiempo atrás volvió a hacerse presente en la medida que me hundía en las zonas bajas, los árboles se movían al compás del viento y el temor recorría mi espalda.

A tan solo 2 cuadras de llegar escuché que se acercaba de entre los pastizales hacía mi,

– ¡No es nada! – Pensé, mientras se abría un agujero entre los yuyos y la arbolada. Un enorme perro estaba a tan solo un metro ladrando y tirando mordiscos al aire, en realidad eran para mi, pero un collar lo sujetaba y eso me había salvado de semejante ataque canino. Volví al camino intentando serenarme.

Pude entrar a casa en penumbras, todo estaba apagado y mis nervios cotizaban en alza, sentía que el corazón iba a explotar, abrí la puerta del cuarto y allí estaba ella, tranquila, leyendo a la luz de una vela.

– Se cortó la luz hace rato. Demoraste mucho en llegar, ¿pasó algo? – Dijo mirándome por encima de sus lentes

– Llamé varias veces, no pasó el ómnibus y quería ver si me ibas a buscar. ¿No tenés el celular? – Respondí en tono de reproche.

– ¡Me hiciste acordar! Lo dejé en la mochila, debe estar en silencio porque no lo saqué desde la última clase que dí hoy. – Respondió.

– Tranquila, ya llegué, ¿quedó agua caliente? Quiero bañarme porque vine caminando y fue un viaje complicado.

– Debe alcanzar para una ducha rápida.

– No te preocupes, solo con sacarme el sudor va a ser suficiente, voy a ducharme, comer algo y después me quedo en la cocina, con la tensión que tengo seguro que no duermo hasta la tarde.

Cerré la puerta, tomé la ducha tan rápido como pude y me senté en la cocina a observar cómo se terminaba la aventura de la noche. Esa madrugada reflexioné sobre cómo será la vida cuando volvamos al lugar salvaje donde pertenecemos, indefensos y con el instinto domado, vulnerables ante cualquier amenaza, e incapaces de comunicarnos cara a cara.

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